El cantante presenta su quinto disco «El Cuatro» tras seis años de trabajo
Pablo López es exactamente lo que uno ve, o más bien lo que uno oye. Al menos, eso es lo que uno piensa al escuchar su último trabajo y ver cómo se deja el alma por el camino. Tras seis años desde su último disco, y alguna que otra “amenaza” por parte de su público, el artista malagueño vuelve con la certeza de que cada canción nace de un lugar distinto, pero todas terminan contando la misma historia, la suya.
Si hay algo que Pablo López ha dejado claro en sus trece años de carrera es que él es a la música lo que el aire a los pulmones. Él es música. Existen muchas formas de desnudar los sentimientos, pero Pablo escoge una en la que es experto. Renunciando a los estribillos virales de TikTok, presenta canciones donde se muestra real. Decide sacar sus más profundas emociones de dentro, huir de la perfección y del fulgor del momento, y por supuesto, cantar a la más absoluta verdad. Todo para hacer de cada canción un ejercicio de honestidad, consigo mismo y con aquello que siente y cree.
Tiene la capacidad de encontrar una canción incluso entre las ideas más dispersas de su cabeza. De ordenar lo que parece imposible de ordenar y convertirlo en palabras para quienes necesitan sentir, escapar o simplemente vivir. En sus composiciones no hay espacio para medias tintas, cada palabra está escogida para llevar la emoción al límite. Su forma de escribir es directa, intensa y arrolladora, capaz de condensar una idea en apenas unos versos y hacer que estos terminen calando mucho más allá de la propia canción.
Una vez más, las cuerdas vuelven a abrir el camino del disco, recuperando un recurso que ya se ha convertido en una de las señas de identidad en sus trabajos, así lo hace con Pero sueño.
Pablo recupera en Levanta la intimidad que le gusta crear con su piano, pero no tarda en romper sus propios límites. La canción es, en sí misma, una declaración de intenciones. Cada nota construye una producción que crece con sintetizadores, coros e instrumentos de percusión hasta alcanzar su máxima expresión en el último minuto. Es ahí donde Levanta deja de ser solo una canción para convertirse en el primer aviso de todo lo que está por venir.
En El niño del espacio, el cantautor experimenta con sintetizadores sin perder su identidad al piano, sobre el que construye unos acordes muy personales. Guitarras y violines dotan al tema de una dimensión expansiva y muy melódica, envolviendo ese viaje de vuelta a la infancia en una atmósfera casi hipnótica.
“Le falta amor en la garganta”, canta Pablo López en Como soy. A ti precisamente de eso, Pablo, no. Sin embargo, si hay algo que le sobra. Personalidad. Si hay algo que nunca parece faltarle es amor para poner en cada palabra y en cada nota aquello que siente. La canción parte de una necesidad sencilla, pero profunda, ser querido sin tener que dejar de ser quien es. Y quizá por eso encuentra su respuesta natural en Si te pasa algo, donde el amor cambia de dirección y deja de hablar de lo que uno necesita para hablar de lo que está dispuesto a hacer por quien quiere.
Desde la primera nota de piano, Si te pasa algo avisa de que algo va a pellizcar por dentro. Pablo convierte el cariño en una forma de cuidado y recuerda que querer también significa estar y proteger a los nuestros.

El calendario de las cruces comienza con un inicio muy potente, marcado por la fuerza con la que el cantante afronta la canción desde el primer momento. “Jamás me verás dormido, tengo todas las cruces conmigo”, pone voz a esa entrega constante y se convierte también en un homenaje a un público que ha caminado con él durante estos años. López lleva la voz hasta desgarrarla, pero en mitad de esa intensidad encuentra un espacio para la intimidad. La canción parece entonces llegar a su fin, como si después de todo lo contado ya no quedara nada más por decir. Pero no. Cuando todo apunta al silencio, Pablo vuelve a romperse la voz y las cuerdas regresan para acompañar ese último arrebato, como si ellas tampoco quisieran perderse ese momento..
Con Esdrújula, el cantante se permite explorar su lado más romántico, uno que no acostumbra a ocupar demasiado espacio en sus canciones. Una melodía ligera y envolvente acompaña una historia que, aunque parecía destinada a ser efímera, termina dejando huella.
Guitarra y piano, es lo único que han necesitado Pablo López y Lola Índigo para confiscarnos el corazón en Casi siempre. Dos voces, dos formas de sentir la música y una canción que los encuentra en el mismo lugar.
Me voy a escapar es un canto a la libertad, pero también un reflejo del propio Pablo. “Siempre he andado perdido en alguna parte, yo no entiendo otra forma de caminar” parece resumir al propio artista. Alguien que no necesita tener el camino marcado para seguir avanzando y que ha hecho de esa búsqueda una forma de vida.
En Hybakusha, López habla de la soledad y el silencio, pero a su manera. Porque cuando se asoma a un lugar oscuro nunca lo hace desde la contención, lo lleva al extremo, lo hace enorme, intenso, casi desbordante. Y entre todas esas ideas, es su voz la que termina de hacerlo real, una voz desgarradora que grita verdad por los cuatro costados. Te hace sentir fuerte.
Y para finalizar, Sapiens. Un cántico a la vida, a la pasada y a la futura, donde Pablo se vuelve soñador. “El Cuatro” es la confirmación de una manera de entender la vida, amar, dejarse querer y no poner límites a ninguna de las dos cosas. Aparca los complejos y abraza la libertad en mayúsculas, sin miedo a mostrarse tal y como es y sin necesidad de esconder ninguna de las aristas que forman parte de él. Hay verdad, mucha verdad, y una falta de complejos absoluta en un artista que entiende que no necesita contenerse para hacer música. Pablo se permite ser libre, desmedido y fiel a sí mismo, y quizá ahí reside la esencia de este disco, en no pedir permiso para sentir, para crear y para decir. Por eso, nosotros quedamos “cuatro” o cinco veces a sus pies.






